Montamos una estantería, cocinamos una receta, cultivamos una planta o personalizamos un objeto y ocurre algo curioso: puede parecernos mejor precisamente porque hemos participado en su creación. La psicología lo conoce como efecto IKEA.
El esfuerzo cambia nuestra percepción
Cuando invertimos tiempo y energía en completar algo, ese esfuerzo puede aumentar el valor subjetivo que le atribuimos. No significa que el resultado sea objetivamente superior, sino que deja de ser completamente ajeno: contiene una pequeña parte de nuestro trabajo.
Por qué las marcas quieren que participemos
Personalizar unas zapatillas, diseñar un álbum, configurar un producto o elegir sus componentes no es solamente una cuestión funcional. La participación puede crear vinculación. Cuanto más sentimos que algo también es obra nuestra, más difícil resulta contemplarlo como un producto indiferente.
Pero el esfuerzo necesita recompensa
El efecto tiene límites. Si el proceso resulta frustrante o no conseguimos terminarlo, la participación puede generar el efecto contrario. El desafío para el diseño consiste en permitir que el usuario contribuya sin convertir la experiencia en un problema.
No valoramos únicamente lo que tenemos. También valoramos la parte de nosotros que hemos dejado en ello.
